martes, 19 de abril de 2016

Uno de esos nudos


Una gaseosa, un litro de agua, un par de tazas de té, nada lograba bajarme ese nudo de la garganta. Sentía que me estaba ahogando, mis manos vibraban y mi corazón sumergido en un punzante y agudo dolor, no dejaba de repiquetear. Me encontraba sólo en aquel frio aeropuerto. Observaba como estaban distribuidas esas veinte libras de más en mi estómago, lo reventado de las puntas de mi cabellera de Sansón. Revisaba mi celular una y otra vez, aun sabiendo que esto era sin sentido, puesto que no tenía minutos para llamar, ni datos para utilizar el internet. Aparentemente el aeropuerto contaba con Wi-Fi gratis, así que insistentemente trataba de obtener la señal del mismo. Después de muchos intentos, logré obtener una barra de señal. Inmediatamente ingresé en mi correo y escribí:

Perdóname una vez más por favor. Mañana regreso a Guatemala. Necesito medicamentos y atención del psiquiatra. Sé que no entenderás esto...ni yo entiendo cómo puedo ponerme tan mal.
Referente al boleto de vuelta, obvio salió mucho más barato que el de ida y me lo regalaron.
Referente al boleto de venida, yo sé que gastaste un dineral y prometo aunque sea de a pocos pagártelo. 
En verdad lo lamento. Solo estoy dando patadas de ahogado para estar bien. El insomnio y la depre me tienen muy mal. 
En verdad, mi madre no tiene nada que ver. Tanto ella como tu se han esmerado en velar por mi bienestar y les ha costado mucho comprender esto.
Perdóname, sé que soy una vergüenza, pero algún día mejorare. Evaluare regresar a USA con un mejor plan. Logre hacer varias cosas.

Cruzaba los dedos para que el correo pudiera enviarse, sin embargo, estaba aterrorizado y avergonzado por lo que había escrito, por lo que hice, por la respuesta (si es que había alguna) y por lo que sabía que estaba perdiendo o arrancando de mi vida.

Habían pasado tan sólo unos meses desde que emprendí una especie de aventura para obtener el tesoro de una vida mejor en Estados Unidos. A diferencia de muchos de mis compatriotas, yo no me iba de “mojado”. Yo nací en Estados Unidos, sólo nací ahí, pues me había criado en Guatemala. Cuenta mi madre que desde que tenía tres años de edad me trajo en brazos a Guatemala, su tierra natal y no volví más a ese caótico país, hasta hacía unos años atrás cuando me enlisté en la lista de voluntarios para una misión para “convertir” a una comunidad de latinos que vivían en un campamento de remolques en Carolina del Norte. La misión no duró más que un par de semanas y regresé con un falso sentimiento de logro por “la buena obra” que habíamos hecho y muchas fotografías mentales de aquel lugar.
Está vez me había ido para no volver. Mis amigos y familiares me organizaron despedidas con muchas cosas que me gustaban, por ejemplo el tequila, mucho tequila. Me despedí con un fuerte abrazo de cada uno y días después mi hermano me acompañaba al aeropuerto. Para mi madre era demasiado, de manera muy tajante le pedí que no llorara y que fuera fuerte. Mi hermano también lloró en el aeropuerto, nunca había llorado así y menos por mi. Ni siquiera esa vez que me tragué el puñado de narcóticos para acabar con mi vida. Él estaba frente a mi, muy decepcionado y yo muy harto de la vida.

Mi padre estaba ahí, me abrazó y dos enormes lágrimas recorrían sus mejillas. –“Está bien llorar, los hombres también lloramos” me dijo. Recuerdo cuando era niño, mi padre solía decirme: “Los hombres no lloran” y muchas veces mientras conducía cantaba “Los chicos no lloran” de Miguel Bosé. Yo no sentía el deseo de llorar, solamente sentía un terrible vacío que ni todas las lágrimas del mundo podían llenar, ni los abrazos, ni los besos de las personas que amé, que amo y que amaré.

La estadía en Estados Unidos fue agridulce al principio. Yo poseía pasaporte Norteamericano, sin embargo, nunca había sacado mi ID, ni mi Social Security Number. Ambas cosas me tomaron un par de meses, ya que tuve que comprobar que había nacido en Estados Unidos y que había vivido, estudiado y trabajado en Guatemala.

Fracasé en obtener mi licencia de conducir, pesé a que tenía más de diez años manejando en la jungla automovilística guatemalteca, no bastó toda mi experiencia para ganar el estúpido examen escrito del departamento de transito de Oklahoma, las dos veces que intenté.

Logré conseguir trabajo como mesero en un famoso Steak House. Toda mi vida huí a ser mesero, sin embargo, por sugerencia de mis hospedadores y mi padre, accedí a laborar en ese lugar.
El restaurante era hermoso, claro está, cuando se encontraba vacío. Iluminado por luces tenues y armonizado por música country, el famoso Steak house atraía a mucha gente. Lamentablemente la administración y el servicio eran pésimos. Nosotros los meseros ganábamos dos dólares la hora, más la propina. Sin embargo, los infelices gringos eran sumamente mezquinos. Solían dar propinas de un penny o un dólar, independientemente de si te desvivías por atenderlos por una hora y hasta cuatro horas que ocupaban la mesa de tu área.

El trabajo era sumamente pesado. No sólo había que tomar los pedidos y fingir el rostro de miss teen USA, sino que había que armar los platillos, puesto que el cocinero sólo se encargaba de asar la carne. Al finalizar el día había que limpiar las mesas y toda el área en donde se trabajó, así como por lo menos una estación en la cual se servían las bebidas y dispensaban las salsas para las carnes y si fuera poco, no podías retirarte debías enrollar por lo menos doscientos juegos de cubiertos en servilletas blancas.

Trabajé un par de meses en ese lugar una vez obtuve mis papeles. Aprendí a querer un poco la música country, las vestimentas a los “Wild West” y una que otra mesera que se animaba a saludarme con una agradable sonrisa. No tenía problemas en inglés, acorde a mis últimas evaluaciones, mi nivel de inglés era del noventa y cinco por ciento, leído y escrito.
Oklahoma, a diferencia de California (en donde nací) estaba aún predominado por gringos y no era muy común ver latinos. Con excepción de ciertas zonas. Esto era perfecto para mi, siempre soñé con casarme con una gringa. Mi madre solía decir que estas eran muy insípidas. A mi siempre me atrajeron, mas no sabría afirmar con exactitud, la verdadera razón de este gusto.
Desde que apliqué al trabajo, observé con cierta timidez a una gringa que aplicaba a mesera ese mismo día también. Tiempo después, pese a mis intentos por acercarme más, lo único que obtuve fueron sus historias de sus malos ex novios, del padre de su hija y de su novio actual, quien era sumamente posesivo.

Logré hacer buena amistad con el guardia de seguridad. Un tipo de raza negra que cuando se aburría entraba al restaurante a hacer payasadas y a pedir su comida. A veces, los pocos meseros, estábamos tan ocupados que no nos daba tiempo de ingresar a la computadora su orden y mucho menos servirle, por lo que, según me contó, muchas veces pasaba el día entero sin comer.
En una ocasión, el restaurante estaba que eructaba de gente y “Henry”, el guardia de seguridad, rondaba cual león hambriento, el interior del restaurante. –“Hey, How are you?” le pregunté -“Hungry, very hungry” me contestó. Pese a lo negro, Henry se veía casi blanco de lo pálido que estaba ese día. En ocasiones anteriores, charlaba con el a la una o dos de la mañana cuando finalmente salía del restaurante y me fumaba un cigarrillo. Henry me comentó que rentaba un pequeño apartamento con su novia y que tanto esta como su madre le exigían buenas cantidades de dinero. Asimismo, que aún tenía una deuda algo grande con la dueña del apartamento que rentaba con anterioridad.
Ese día no nos dábamos abasto atendiendo las mesas. Por lo menos cuatro meseros habían renunciado los días anteriores, la razón, sencilla: Mucho estrés y muy poca paga. Los pocos meseros que quedábamos atendíamos por lo menos dos mesas más de lo que usualmente manejábamos. Parecía un campo de guerra, de esas películas hollywoodenses. Los meseros corríamos de un lado al otro, tomando órdenes, sirviendo los platos, limpiando las mesas. Obviamente los clientes no notan esto y sólo quieren ser atendidos lo más rápido posible. Recibimos burlas, maltratos verbales y si teníamos suerte, un par de dólares de propina. Había comida tirada por todo el piso, tanto la que los sucios clientes tiraban, como la que nosotros en nuestras carreras dejábamos caer. No había misericordia ese día, pero Henry tenía hambre, mucha hambre. Me acerqué a la computadora a ingresar un listado de once órdenes, pero las dejé de lado para ordenar una hamburguesa, una orden de “armadillo eggs” y un vaso grande de gaseosa para Henry, el cual estaba muy apenado. El estaba consciente del caos de ese día. Le hice un espacio en una pequeña mesa y le conseguí un banco para que tomara asiento y seguí atendiendo las mesas. Minutos después, hice una pausa para servirle otra bebida y después del resto de tareas, concluyó ese día.

Días después fue muy similar, quizá peor, otro mesero había renunciado en un ataqué de ira, en la cual devoró con fiereza todas las sobras de por lo menos dos mesas, se limpió la boca con el delantal y se largó. El restaurante estaba cerrando sus puertas a las diez, de repente entraron dos grupos de diez y seis personas respectivamente. Yo era el único mesero en pie, los otros ya estaban enrollando cubiertos. La host, los envió a mi área y por ende, me tocaba atenderlos. Me sentía como un saco de papas por el cansancio. Me apreté el delantal alrededor de mi regordeta cintura, obligué a mi rostro a sonreír y fui directamente a atenderlos. Sorpresa, ambos grupos estaban celebrando a un cumpleañero. Yo sentía que me iba a dar un derrame, pero en lo que fue, quizá la celebración de cumpleaños más patética en la que he participado, serví a cada grupo un delicioso “Apple cobbler” y posteriormente procedí a cantarle a cada uno el “Happy Birthday”. No hubo otro mesero que cantara conmigo, fui un terrible solista esa noche, pero saqué la tarea. Uno de los grupos me dejó veinte dólares y el otro diez. Hasta ese momento, no había recibido mejor propina en mi vida. Quizá les dio mucha lastima mi actuación. Limpie las mesas, me quité el delantal, saqué un cigarrillo de mi caja de Marlboro rojos y cuando me dirigía a la salida del restaurante, escuché un grito de la jefa de turno…todavía tenía que enrollar cubiertos. Guarde el cigarro y me dirigí a la cocina a traer mis doscientos juegos de cubiertos. -”Sorry honey, today we need you to roll some more”. Me lo temía, ya todos se habían ido, solo el cajero, la jefa y yo quedábamos en el restaurante. Ellos disfrutaban un Whisky, mientras yo, ya había perdido la cuenta después del doscientos veinte cuatro de número de juegos de cubiertos que debía enrollar esa madrugada. Si, el reloj ya marcaba las dos con diez minutos.
Me abandoné a la resignación, pero me invadía cierto asco, cierta nausea, no por un mal olor, sino por lo descontento que estaba con mi vida en ese momento. –“Esto no es lo que quiero para mi vida” me repetía una y otra vez, apretando fuertemente la mandíbula, mordiéndome el labio inferior.
No sé cuántos juegos de cubiertos enrollados tenía apilados frente a mi nariz, lo cierto es que aún faltaba unas tres o cuatro veces más esa cantidad. Yo seguía enrollando  por inercia. Henry entró al restaurante y me preguntó que hacía aún dentro del mismo. No quise ni hablarle, sólo le señalé la montaña de cubiertos que esperaban ansiosamente ser enrollados. Henry se sentó frente a mi y me preguntó cuál era la técnica para enrollarlos. Le mostré con brevedad. Pasaron varios minutos para darme cuenta que Henry, el guardia de seguridad, quien único trabajo era vigilar el parqueo y el exterior del restaurante, me estaba ayudando. -“You don´t have to, its not your job”, le dije con cierto dolor.
“I want to and that’s why I do it”, respondió. Comprendí, que sin importar lo que le dijera, el guardia de seguridad no dejaría de enrollar los cubiertos. 
Ya eran las tres de la mañana y este teólogo que ahora trabajaba como mesero, tenía una charla existencialista con un guardia de seguridad. Me esmeré en hacerle ver que la vida debería de tener más sentido que obtener trabajos solo para pagar las cuentas, sin embargo, su simpleza me provocaba cierta admiración, quizá envidia. Por más que quisiera, no había forma que pudiera ver la vida con tal simpleza, al menos, ya no más. Aprecie y agradecí mucho su gesto. Terminamos de enrollar los quién sabe cuántos benditos juegos de cubiertos. Regresé al lugar en donde me hospedaba. Descansé los dos días que me correspondían.

 Disconforme con el trato y la paga indigna, decidí renunciar. Después de todo, no había decidido cambiar mi vida para seguir igual o más miserable. Fui al restaurante con delantal en mano, lo devolví, notifiqué de mi renuncia. Preguntaron la razón y con toda honestidad dije: -“No es lo que deseo para mi”. Pedí mi primer “Apple cobbler”  lo disfruté en una mesa a solas. Siempre que servía uno, lo saboreaba con tantas ganas. Algunos de mis compañeros meseros fueron a despedirse y una de las host. Se trataba de una joven sumamente atractiva, con la cual cruzamos palabras varias veces. Yo estaba seguro que ella me encontraba atractivo, así que me armé de valor y apunté en un trozo de papel mi número de teléfono y le dije “para que sigamos en contacto” Noté cierto desagrado en su rostro y entendí que yo había malinterpretado totalmente sus buenas caras y miradas hacia mi.

Pasé varias semanas sin trabajo, no sabía por dónde empezar a buscar. Los que me hospedaban estaban sumamente indignados con mi renuncia a ser mesero. Ellos habían sido meseros toda su vida y estoy seguro que lastimé su dignidad cuando dije que no quería eso para la mía. Desde que renuncié, su trato hacia mi fue sumamente pesado. Me la aguanté.
Con el pasar de los días, me acabé mis pastillas para dormir, los antidepresivos también y con eso, lo que me quedaba de salud. Pasaron dos semanas en las que estoy seguro, no dormí más de dos horas. Sentía que me estaba volviendo loco. Estaba asqueado de la cantidad de porquería de animal que había por toda la casa. Perros, gatos, gallinas y hasta cabras andaban por la casa a sus anchas y la caca de las mismas se petrificaba antes de ser recogida por los dueños de la casa. En ocasiones yo me encargaba de recogerla, en otras, el par de viejos le gritaban a mi compañero de cuarto para que lo hiciera.

Jesús era el nombre de mi compañero de cuarto. Pese a que ya tenía dieciocho años cumplidos, Jesús tenía el cuerpo de un niño de doce. Esto se debía a que nació prematuro y encima pasó mucha hambre en su niñez. Su madre fue una de esas “madres luchadoras” que se las pasaba de fiesta en fiesta y de palo en palo. Quedó embarazada de él y lo dejaba al cuidado de cualquier persona para ella seguir viviendo su vida de “soltera”.  Fue adoptado por su abuela y su abuelo, los cuales, independientemente de brindarle alimentos y estudios, lo tenían de esclavo por años. Jesús les hacia los mandados, Jesús hacía todo lo que se refería a oficio de la casa. No había un gracias de parte de ese par de viejos, no había una palabra de afecto. Ellos no podían hablarle o pedirles las cosas si no era a gritos y recordatorios de lo inútil que era y lo mucho que les debía. Jesús a veces, en rebeldía dejaba de limpiar la caca. No lo culpo, era una terrible tarea.

A medida que se fueron los días, también mis ganas de vivir y la comunicación con mis hermanos y mi madre incrementó. No era de balde que se alarmaran al escuchar el tono de mi voz. Ellos sabían bien lo que estaba pasando, sabían que mis medicamentos se habían terminado desde hace días, sabían que los de la casa no me dejaban salir y hacer con libertad y sabían que en más de una ocasión, yo había intentado quitarme la vida.


Mi madre me llamó una mañana y me dijo “ya tenemos tu boleto, te vienes de regreso, aquí te cuidaremos, te llevaremos al psiquiatra y te conseguiremos los medicamentos” Yo me ahogaba de la angustia, fracasé estrepitosamente y nuevamente.  ¿Con qué cara iba a ver a mi padre? ¿Con qué cara iba a ver a mis amigos, a mis demás familiares, a todos de los que me había despedido? No! No podía ser, no podía regresar como un completo perdedor, derrotado, inundado de lástima cual mendigo. No podía y a la vez, entendí que yo mismo había provocado esa reacción en mi madre y en mis hermanos. No había podido callar, ni esconder mi malestar. Estúpido que soy, débil que fui. Ya era muy tarde, el boleto estaba comprado, la fecha del vuelo era en dos días y sabrá Dios cómo se endeudaron mis familiares para pagar ese boleto. Debía usarlo, debía salir de esa casa, de ese estado, de ese país.

Ahora el dilema era ¿Cómo diablos me iba a ir al aeropuerto? La miseria que gané en el restaurante se había ido en artículos de higiene personal, una que otra comida con Jesús y otra parte que le di a ese viejo verde en agradecimiento.

Perdí toda la vergüenza y la dignidad al pedirle a ese viejo que me fuera a dejar al aeropuerto. Se mostraron consternados, aunque pude leer claramente una leve sonrisa en ese rostro arrugado. Me preguntaron la causa de mi deserción y como pude les expliqué de mi estado. No podían retenerme, pero si podían negarse a transportarme al aeropuerto. Sin embargo, no lo hicieron. Al día siguiente cargué con mis maletas en un viaje de una hora incómodamente silenciosa como copiloto del viejo, camino al aeropuerto.  En el camino, el viejo aprovechó a decirme que el estar en Estados Unidos no era para todos, como tampoco era para un cualquiera ser mesero. Pude saborear el amargo veneno en su mensaje subliminal. Yo era un inútil y un cualquiera.

En el aeropuerto, nos despedimos con un abrazo que apestaba a hipocresía.  Me dirigí a la puerta correspondiente y esperé la hora de abordar el avión. El vuelo de regreso fue sumamente tedioso. De Oklahoma haría escala de Houston, luego en el Salvador y luego concluiría en Guatemala. Abordé el avión, consideré utilizar la mascarilla de oxígeno en caso de emergencia, la ansiedad me estaba asfixiando.

Aterricé en Houston, la escala era de tres horas. Caminé por el aeropuerto como si este se tratara de un zoológico. No era tan mala la comparación, habían demasiados seres humanos tan incomprensibles a la mirada, tan excéntricos, tan ridículos, tan patéticos, tan animales. Finalmente me aburrí de caminar y me dirigí  a la puerta en donde abordaría el avión a El Salvador, dos horas después.  Mientras esperaba escribí el correo electrónico a mi padre, esperé su respuesta.

El nudo en la garganta me estaba ahorcando, las lágrimas no se animaban a salir. Entonces la vi, detrás de una vieja colocha, iba caminando semejante mujer. Piel blanca, cabello largo, liso y negro. Despampanante la mujer, a distancia se notaba que dedicaba varias horas al gimnasio, es mas, llevaba puestos tenis y esos famosos yoga pants que marcaban perfectamente su figura. En ese momento logré dejar de pensar en ese malestar y empecé a soñar con ella o alguien como ella a mi lado, en lugar de la maldita soledad. La perdí de vista.

La sala de espera se atiborró de gente, pude observar lo que sería la mujer más horrible que he visto en mi vida. Iba de la mano con su pareja, otra mujer, la cual iba acarreando a tres hijos. Esta mujer no solo era horrible físicamente, sino que por la forma en que trataba a los hijos de su pareja, sin duda, su interior era aún más horrible.

A mi lado se sentó la vieja colocha, la cual me preguntó si yo hablaba español –“si, hablo español” le respondí, entonces platicamos superficialidades y cosas de aeropuertos. Justo cuando ella comenzaba a platicarme acerca de su familia en El Salvador, hicieron el llamado para abordar el avión. –“Al fin!” exclamó la vieja, yo la secundé. Ella pertenecía a uno de los primeros grupos en abordar, yo al último, así que nos separamos.

Me sumergí nuevamente en mi angustia, las oleadas de desesperación se tornaron constantes y violentas mientras me consumía la ansiedad para subir al avión. Sin embargo, a la vez pensaba en regresar. Era una turbulenta confusión. Finalmente el guardia encargado de la puerta de abordaje, hizo señas para que avanzara a entregarle mi pasaporte y ticket, revisar que todo estuviera bien y así abordar finalmente el avión. Cometí la torpeza de pensar que era a mi a quien llamaba, sin embargo, justo a la par de mi había una señorita a la cual le correspondía el turno. Al menos eso creí o quizá fue ella quien se confundió. El asunto es que ambos avanzamos al mismo tiempo, hacia el guardia y para cuando nos dimos cuenta de nuestra torpeza, el guardia preguntó: -“¿Vienen juntos?” a lo que rápidamente respondí que no. Ella solo se rio, al escuchar el sonido de su risa, me digné a voltear a ver de quien se trataba. Era ella, la chica que vi anteriormente caminando con la señora colocha.

Le cedí el paso, diciéndole al guardia que yo había cometido el error. El guardia revisó los papeles de la señorita, la dejó pasar hacía el puente de abordaje y luego procedió a revisar los míos. Con todo en orden, me dejó pasar al puente de abordaje. A medio camino se encontraba ella, la despampanante señorita, al parecer estaba buscando algo en su bolsa de mano. Yo me vi tentado a detenerme y saludarla, pero siempre he sido un cobarde para esas cosas. Pasé a su lado y de repente, escucho su voz –“¡Hola!”, me volteé de golpe y con una expresión de sorpresa. ¿Cómo era posible que ella me hubiera saludado? Ella tenía una expresión muy dulce y risueña. Antes que pudiera balbucear una palabra, ella agregó –“¿cómo estás?” a lo que respondí bien. Una erupción de mariposas estaba por salir de mi boca, mientras la veía el tiempo parecía tan lento. Noté que ella no tenía prisa alguna en abordar el avión, por lo que me quedé de píe, frente a ella, platicando.

Me preguntó de dónde venía, respondí que venía de Oklahoma, que había hecho escala ahí en Houston y que me dirigía al Salvador. “Yo también soy de El Salvador” –“Oh, no, yo no soy de El Salvador, voy a Guatemala, pero debo hacer escala en El Salvador”. Noté como su rostro pintaba cierta decepción –“que lástima” dijo en seco. La afluencia de personas a las cuales les interrumpíamos en el puente de abordaje, incrementó, de tal forma que era obvio que ya era hora de retirarnos a nuestros asientos. Yo fui el que le dije que lo mejor era que ingresáramos al avión. Ella lo consintió. Mientras avanzábamos lentamente hacia el interior del avión, ella me contaba de su vida en Los Ángeles California. “Maldita sea mi vida pensé”, yo nací en Los Ángeles, viví en Oklahoma y Guatemala y nunca en mi vida había conocido mujer que, sin ser más que una completa, eso sí, despampanante desconocida, me había hecho sentir tan bien, tan vivo y a la vez, tan miserable por no poder tenerla.

Mientras  ingresábamos al avión, literalmente cruzaba mis dedos y le rogaba a todas las deidades que me hubiese tocado sentarme a su lado, había mucho por platicar y un beso que robar. Lamentablemente, hacía ya mucho tiempo que el dios cristiano no me escuchaba, quizá estaba aún más decepcionado de mí que lo que estaba mi padre. Quizá estaba arrepentido de haberme creado, como mi padre de haberme adoptado y dado su apellido. Lo cierto es que los dioses paganos, tampoco me escuchaban y si lo hacían se burlaban de mi por ilusamente acudir a ellos. Yo debía sentarme en el 22A, mientras que ella, no sé ni cual tenía, sólo sé que debía seguir adentrándose en el avión. –“Bueno, aquí nos despedimos, ha sido un gusto” –“El gusto ha sido mío” le respondí. –“Que lástima que no vivas en El Salvador, me hubieras visitado” –“Si, es una lástima, pero quizá nos volvamos a ver”. Ella se sonrió, me dio un cálido beso en la mejilla y se perdió entre la cola de personas que se ubicarían en el fondo del avión.

Tomé asiento en el 22A, justo en la ventanilla. A mi lado se sentó una joven con rasgos asiáticos y a la par de ella, una señora de raza negra. Volteé a ver en repetidas ocasiones para poder ubicar a la señorita que me había hecho sentir mariposas en el estómago, lamentablemente, no pude ubicarla.

Finalmente y posteriormente a los protocolos, el avión despegó. La joven de rasgos asiáticos encendió su teléfono celular y se pasó todo el viaje jugando videojuegos en el mismo. Yo me entretuve un poco observándola. Pude notar como toda mi angustia se había quedado, de momento, en el aeropuerto de Houston, mis pensamientos habían sido invadidos violentamente por la imagen y la voz de esa bella mujer.

No pude dormir durante el vuelo, por otro lado, me la pasé suspirando por ella, mientras perdía la mirada con las nubes que veía por la ventana del avión.  Finalmente aterrizamos en El Salvador, yo tenía tan sólo cuarenta y cinco minutos de escala, estaba muy nervioso. Nunca había estado en El Salvador y mucho menos en su aeropuerto. No sabía si me daría tiempo de abordar el siguiente avión a Guatemala. Me bajé del avión y esperé por varios minutos a que bajara aquella preciosa mujer. No pude verla, quizá se había mezclado entre el resto de la gente que salieron del avión a toda prisa. Quizá sólo la imaginé o la soñé. Me retiré a buscar la puerta para el siguiente avión.

Para mi sorpresa el aeropuerto de El Salvador, era sumamente pequeño, parecía un pequeño centro comercial. Me senté en la sala de espera correspondiente. Después de unos minutos ahí sentado, tomé la decisión de ir a buscar a la chica. El aeropuerto era sumamente pequeño, por ende, había una gran posibilidad de encontrarla. Di por lo menos tres vueltas al pequeño aeropuerto y nunca la encontré. Quizá la imaginé, quizá la soñé, pensé nuevamente. Regresé a la sala de espera, el vuelo se había retrasado y fue ahí en donde “me cayó el veinte” Nunca le pregunté el nombre a la bella mujer.

Abordé el pequeño avión a Guatemala y en mi menté me despedí de aquella mujer. Ella nunca lo sabrá, pero durante ese viaje, ella con tan pocas palabras, con un saludo y con un cálido beso en la mejilla, me había sacado de un terrible infierno en el que mi alma se retorcía. Tanto alivio me trajo y tanto fue lo que me hizo sentir, que no pasa día sin que piense en esa desconocida.

Regresé a casa, mi familia me recibió cual hijo pródigo o quizá como paciente convaleciente de un hospital. Revisé mi correo electrónico y encontré la respuesta de mi padre:

Querido y Amado Hijo; no sabes cuanta razón tienes en tus palabras al decir que me duelen. Me duele mucho por no saber cómo ayudarte.
Aunque yo sé que dejaste de creer en Dios me recuerda a lo escrito en la Biblia cuando Dios mando a su hijo a vivir entre nosotros entre tantos pecadores y saber que estaba destinado por su amor a Morir en la cruz, el saber todo lo que iba a sufrir por nuestra culpa y sin razón. Le pide a su padre que retire ese cáliz  y esa cruz porque en su debilidad no lo iba a soportar, pero aun así le dice a su Padre que se haga tu Voluntad, aceptando lo que Dios le había destinado.
Así es hijo, Dios te trajo aquí por una razón y yo no sé cuál es? Te puso en mis manos y me encargo que te cuidara, protegiera, educara para la vida y en la fe.
En la vida se sufre mucho pero este sufrimiento tiene que ser para superarte, para levantarte y no para claudicar. Mucho menos el querer quitarse la vida, pues eso es cobardía y seria mucho egoísmo para los que te amamos.
No creas que mi vida ha sido fácil desde niño vengo padeciendo y sufriendo muchas cosas que tal vez nunca te he contado, mis padres no fueron amorosos, ni perfectos nos descuidaban mucho, tanto que fui abusado nunca lo supieron hasta la fecha son contados los que lo saben. Gracias a Dios y su inmensa misericordia he podido sobrepasar muchos obstáculos en mi vida, este que te cuento y muchos otros tantos que han marcado mi vida. Pero también gracias a Dios he aprendido a perdonar de corazón, no de palabra y eso me ha hecho libre todos esos problemas me han fortalecido y tengo mucho que agradecer a Dios cada segundo, minuto, hora, día, mes, y años de mi vida, ha sido más lo bueno que lo Malo. He aprendido que en el prójimo o próximo como quieran verlo, ahí esta Dios. En la Madre, en el Padre en los hermanos, familiares pero sobre todo en la gente que te rodea interesadamente y se preocupa por ti.
Yo le agradezco todos los días por haberme dado la oportunidad de ser tu padre, de conocerte y poder compartir mi vida con la tuya. El me decía que tenía que amarte como fueras tu, enseñarte  lo bueno y lo malo para que un día pudieras volar solo, seguro de ti mismo y Volar alto, que no haya en tu pasado nada que te quite la paz,  que si algo ocurrió en tu pasado, que yo no sepa lo sabe el padre celestial y quiere que tu dejes los rencores los dolores  perdonando de corazón, el ya los perdono y a ti también. Tienes que encontrar a Dios en el verdadero Amor, pero primero tienes que Amarte tu, si tu no te amas, si no amas tu cuerpo, si tu no te aceptas como eres, no puedes intentar a alguien y todo te parecerá amargado, sin valor. Tienes que saber te lo he dicho tantas veces eres hijo de Dios y eres una persona única y especial, tienes que valorarte, luchar por tu vida, luchar por encontrar esa paz y luego todo vendrá por añadidura.
Ten paciencia Dios ya vio que te arrodillaste, ha escuchado tus oraciones, tus suplicas, tus dolencias, tus enfermedades solo te pide que tengas paciencia porque así como Job, el te va a recompensar y te dará lo que nunca te has imaginado. También el padre Celestial quiere que ya no le pidas tanto si no que sea humilde de corazón y en silencio le escuches, porque el te habla todos los días pero tu no le quieres escuchar. El está contigo en todo momento y sufre por ti como lo hacemos todos los que te amamos de verdad.
Hay algo dentro de ti que no te deja encontrar la felicidad, tienes que sacarlo tu no eres culpable de nada, perdónate a Ti mismo.. Busca a Dios todos los días de tu vida y encomiéndale tus pensamientos, dale gracias por lo bueno, por lo malo, por lo que te gusta, por lo que odias, desprecias que el te hará liviana la carga.
Si tienes oportunidad háblale a alguien y ve a confesarte, déjate llevar por el espíritu santo y el te librara de toda cadena que te ate desde antes de tu nacimiento pero también no olvides que los médicos son necesarios para tener una buena salud.
Te cuento que yo te pedí que te fueras para Oklahoma para que cambiaras de vida, que iniciaras una nueva vida. Lejos de recuerdos, de padre, de madre que te volvieras un poco egoísta para con tu persona  y que pudieras crecer en espíritu, cuerpo pero sobretodo encontrar la paz. yo siempre te he dicho que para ayudar a las personas tanto económica, física, como mentalmente uno tiene que sanar primero. si no estás bien económicamente, no podes ayudar a nadie, si no están sano no puedes ayudar a nadie a ser sano.
Quería alejarte de tu madre, pues es muy posesiva y no teja ser como tu eres, no te acepta como eres. A veces no te deja ni respirar, A veces te humilla  y te hace sentirte bien. Cuando yo viví con ella me menos preciaba me hacia sentir inútil, tonto, si porvenir, no valía nada, siempre había alguien mejor. Yo te recomendaría evitar el hablar mucho con ella y que ella te pase sus preocupaciones, frustraciones.
Hijo quiero que sepas que si salen nuestros papeles para irnos a vivir a Oklahoma vamos a vender todo aquí y tendríamos que empezar de nuevo haya, no sé qué voy ha hacer haya, pero sé que Dios quiere que me vaya y me va ayudar a salir a mi a salir adelante. Empezar  igual que tu, una nueva vida.
Ponte analizar día a día desde que llegaste haya, que encontraste, como te recibieron, cada cosa buena y mala que te haya sucedido y te vas a dar cuenta que suman más las buenas, Dios está contigo en cada momento hasta el final de los tiempos. Ora mucho para fortalecerte, as el bien al que este cerca de ti y todo aquel que lo necesite.

No sé qué más decirte, solo lo que tu me pediste, en una ocasión. Querías oír que te dijera que te amaba.   TE AMO HIJO, siempre te voy a AMAR.
Cuídate mucho, no te des por vencido, lucha  por sanarte, lucha por Amar y por favor por Perdonar y Perdonarte.

TE AMO........
Nos comunicamos pronto, Todos los días oro por ti.


Nuevamente ese terrible nudo en la garganta me asfixiaba y las lágrimas no se animaban a salir. Ese “nos comunicamos pronto” no ha sucedido aún. Entendí que mi padre, más que nunca y pese a su emotivo correo, estaba decepcionado de mi, frustrado conmigo, infeliz.

Me tomó muchos días recuperarme, sentirme lo suficientemente estable como para buscar nuevamente un trabajo y ayudar en la casa. Finalmente lo logré, con altos y bajos, más bajos que altos, pero en pie…aún.











No hay comentarios:

Publicar un comentario